viernes, 9 de enero de 2015

"El juego de Ender", Orson Scott Card (1985)

Con el nuevo año me he propuesto marginar definitivamente una costumbre que me acompaña desde la adolescencia, y que es la estúpida manía de tener que acabar los libros a pesar de que ya no esté disfrutando con ellos.  Siempre puedo inventarme el final, o acudir (como es este caso), a la versión cinematográfica. Pero ya no más, que el tiempo es finito y tratar de pelearme con el texto cuando ya me importa un pito es una estupidez de tamaño mega

Vamos, que es una cuestión de lo que economía se conoce como "coste de oportunidad". Pocos recursos, muchas opciones. El recurso soy yo y mis horas de lector, claro.

Por tanto un poco más allá de la mitad y pico, he plantado a Ender, al que cogí un poco de cariño cuando con seis años se lo llevaron allende la Tierra a formarse como futuro líder-salvador a una estación espacial. Porque esto es -por si no lo saben- una distopía de una civilización casi tan poco apetecible como la de Los juegos del hambre, pero allí la tensión del relato se mantenía en toda la novela y , claro, pues te la acababas sin problema.

Estoy hasta ahí mismo de los juegos de combate en gravedad cero. Que me importan un bledo las estratagemas para impulsarse, que si con los pies, los pectorales o directamente con el culo.
Que dimito, me dedico a otra cosa y ya veré la película en algún rato o aeropuerto perdido.

3 comentarios:

miriabad dijo...

Sabia decisión. No lo digo por este libro, que no he leído, sino como criterio de vida. Estoy contigo, demasiado por leer y demasiado poco tiempo. ;-)
Feliz Año y felices lecturas.

Only Bea dijo...

Yo hace un par de años aprendí a abandonar libros que soy incapaz de terminar. Sobre todo si no aguanto ni la mitad.
A mí no me llama la atención el libro, y he oído que la película no es mucho mejor -claro que esta te la ventilas en unos dos horas-.

Anónimo dijo...

Hola Joaquín y seguidoras: Yo no soy partidario de quemar libros pero ¿por qué no probamos a quemar autores y ejecutivos editoriales? Y no como acto de terrorismo sino como práctica de higiene cultural.
Torquemado