miércoles, 29 de enero de 2014

"El sótano", Thomas Bernhard (1976)

Mi existencia, durante toda mi vida, ha molestado siempre, y siempre he irritado. Todo lo que escribo, todo lo que hago, es molestia e irritación. Toda mi vida como existencia no es otra cosa que un molestar y un irritar ininterrumpidos. Al llamar la atención sobre hechos que molestan e irritan. Unos dejan a las personas en paz, y otros, y entre esos otros me cuento, molestan e irritan. 

Toda una declaración de intenciones.

 El sótano es la segunda parte de la autobiografía de Thomas Bernhard, un autor al que -imperdonablemente- no había leído hasta ahora. Su prosa es sencillamente brillante:  cuando llevas cuatro páginas ya te has dejado transportar por esa manera de contar con frases largas, con intencionadas repeticiones de palabras, con un narrador que mira hacia sí y hacia los demás con una claridad que asusta, con pocas concesiones, como si efectivamente su mayor cualidad fuese molestar.

Bernard, que nació y se crió pobre, nos cuenta cómo un día, sencillamente, en lugar de tomar la dirección del colegio, al que va a hacer algo al que no le ve sentido,  toma sencillamente la dirección contraria y acaba de aprendiz en el almacén del señor Podlaha, en el poblado de Scherzhauserfeld, el más miserable de todo Salzburgo.

Repasa tan profundamente las miserias de su sociedad  que leerlo es recibir una verdadera paliza, porque no te cuenta, sino que te golpea con las palabras: a poco que leas con calma estás allí, en el colmado de Karl Podlaha, en medio del miserable poblado de Scherzhauserfeld, que fabrica gente sin esperanza que nutrirá los juzgados, las cárceles y los cementerios de Salzburgo.

Tremendo.

sábado, 25 de enero de 2014

"¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, Philip K. Dick (1968)

Creo que entenderán que un libro con este título tendría pocas probabilidades de acabar en mi biblioteca. Salvo, claro está, de no ser porque en él se basó el guión que sirvió a Ridley Scott para hacer Blade Runner,  uno de los mitos de la historia moderna del cine.

Aunque pueden verse ediciones del libro con el título "Blade Runner", película y novela difieren bastante,  e incluso  el propio Ridley Scott confesó que jamás había leído la obra de Philip K. Dick. La película está enteramente basada en el magnífico guión escrito por dos tipos  llamados David Webb Peoples y Hampton Fancher.

Supongo que conocen el argumento: en un mundo desolado tras la guerra nuclear, en que la mayor parte de la población ha emigrado fuera de la Tierra, Rick Deckard es un cazarecompensas cuya misión es detectar androides prácticamente humanos que están fuera de control y retirarlos. Personas biológicamente similares en casi todo a los hombres, salvo por algunos detalles: carecen de capacidad empática y su expectativa de vida se limita a unos pocos años.

Es imposible juzgar aisladamente la novela cuando tienes en la memoria las imágenes tantas veces vistas, de una potencia visual tal que se comen al relato. Éste es con frecuencia un poco farragoso, aunque plantea muy interesantes cuestiones éticas que no siempre tienen cabida en la película. Es un libro entretenido y curioso, resuelto irregularmente desde el punto de vista literario, pero  interesante.

Imprescindible -obviamente- para la legión de fans de Blade Runner.


miércoles, 22 de enero de 2014

"Un asesinato literario", Batya Gur (1993)

Sigo sin comprender cómo es posible que desperdicie tiempo de mi vida, siendo éste limitado y los libros que me quedan por leer infinitos. Deben ser residuos de mi educación católica, del catecismo o de que la generación de mis padres creció capada por el franquismo y siempre hay que procurar no molestar, vaya usted a saber cuáles son las consecuencias. Es absurdo. 

El hecho es que cuando llevaba media hora leyendo ya estaba firmemente convencido de que este libro no me iba a gustar. Cuando un buen escritor introduce la literatura como argumento en su literatura las reflexiones siempre son sencillas, claras, oportunas y, sobre todo, breves.  Comenzar un libro, y más si es una novela negra, largándose un rollo que presuntamente nos coloque en un ambiente universitario, poético y literario, está fuera de lugar -en mi humilde opinión-. El caso es que ahí yo ya me había ido.

Intenté volver. Lo intenté durante toda la novela (uno siempre conserva la esperanza de que el desierto se acabe y lleguemos a la Tierra Prometida o al menos a un oasis). Pero no pude. Perseguí y traté de juntar los retazos de la investigación de Michael Ohayon, que en sí no hubieran estado tan mal y dan para una novelita de escasas cien páginas. Pero venga a meter por el medio los rollos de y entre los profesores universitarios, la secretaria, las esposas, la belleza fría de, la Universidad, y sobre todo la puñetera poesía israelí. 

Creo que debí haberme pillado la edición en hebreo.

lunes, 20 de enero de 2014

"Abril Rojo", Santiago Roncagliolo (2006)

Ayacucho, Perú. Semana Santa del 2000. En lo que fuera territorio de Sendero Luminoso, organización supuestamente desaparecida,  al fiscal Félix Chacaltana le toca en suerte investigar un asesinato que parece tener relación con los senderistas. Chacaltana es un hombre más bien anodino, apegado al mandato de la ley y a sus formulismos y al parecer, con poca experiencia en el mundo real.

Y el mundo que se encuentra en Ayacucho no se parece a aquel del que proviene. La historia, que comienza casi de un modo ingenuo y hasta casi caricaturesco, como si estuviésemos ante Pantaleón y las Visitadoras, se va enrareciendo progresivamente a medida que se suceden los asesinatos y la violencia, que corre paralela al descubrimiento que hace Chaltacana de la espiral de brutalidad que supuso la guerra entre el ejército y Sendero.  El relato se va haciendo más y más negro cada vez, y esa brutalidad creciente lo engulle todo, también la inocencia del propio Fiscal.

Abril Rojo no es una novela negra al uso, y si lo fuera lo sería más porque es muy negro lo que cuenta que por respetar los cánones del género. Lo terrible que sucede siempre con este tipo de historias, es que su trasfondo histórico es terriblemente cierto, y que en los quince años que siguieron a los ochenta, fueron asesinadas en Perú 70.000 personas, más de la mitad por quienes decían combatir  a las fuerzas insurgentes.

Quizá sea un poco excesiva, pero es una buena novela.


viernes, 17 de enero de 2014

"Memoria de mis putas tristes", Gabriel García Márquez (2004)

El año de mis noventa años quise regalarme una noche de amor con una adolescente virgen.

Con un tema que en los tiempos que corren rozaría la pederastia,sólo alguien tan dotado podría haber hecho magia de una historia tan poco creíble como todas y tan tierna como para querer creerla. Realismo mágico, le dicen.

Márquez da un repaso a una vida intrascendente contada con una  amargura que nos identifica con el personaje en su progresivo enamoramiento de Delgadina. Un freudiano diría que ella representa la vida que empieza vista desde el hombre que se acaba. Pero García Márquez afortunadamente no es un freudiano, es un poeta. Un poeta que hace prosa pero un poeta al fin y al cabo. Así que la niña es un pretexto, casi un objeto más en la escenografía que dispone Rosa Cabarcas , la alcahueta de cabecera de nuestro protagonista y la otra protagonista real de la novela.

Nuestro hombre: un don nadie venido a menos, feo,  mal periodista y consagrado putero (Nunca he ido a la cama con una mujer que no pagó ...). Y con esos mimbres tan tremendos, García Márquez es capaz de hacer una historia llena de melancolía, pero también de amor y de esperanza.

Lo decía Nabokov, en ruso hay una palabra para definirlo: shamanstvo, el don del encantador


miércoles, 15 de enero de 2014

"El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas", Haruki Murakami (1985)

Hasta yo mismo he perdido la cuenta de los libros que he leído de Murakami. Eso, sí, sin orden ni concierto, a medida que por una u otra razón han ido cayendo en mis manos. A lo largo de todos estos años, desde que me empaté tras leer "Crónica del pájaro que da cuerda al mundo", acabé considerando como normal cualquier cosa que pudiese suceder en sus novelas. Ese es uno de sus encantos, casi todo lo que cuenta, hasta que te hable el gato, parece de lo más normal.

Claro que todo tiene un límite, carajo. Yo me imagino a Haruki, que es muy amante del Jazz, escuchando a Benny Goodman tras haberse bajado dos o tres vasos de whisky (la atmósfera de humo es optativa) mientras teclea poseído una historia que parece no tener fin... Creí que había alucinado con  La caza del carnero salvaje, pero aquello aún tenía un sentido...

Conste que los capítulos finales son magníficos, pero todavía no tengo claro si justifican la tortura psicodélica por la que tenemos que transitar para llegar al desenlace. Padece un ataque de erudición metafísica como el Umberto Eco en aquella maldita novela...ah sí, el dichoso Péndulo de Focault. E igual de incomprensible para tipos de inteligencia media como un servidor.

Por último, y en su defensa, le excuso porque es una de sus primeras obras, inmediatamente posterior a La caza del carnero..., y porque después sorprendentemente parió Norwegian Wood  (para muchos, su mejor novela).

Así que si no han leído nada de este hombre, recuerden que empezar  por esto es una ruleta rusa: si les gusta igual lo que viene después les decepciona por normal. Y si no les gusta, tal vez pierdan la oportunidad de leer a uno de los mejores escritores vivos.

Porque indiferentes no les va a dejar.


lunes, 13 de enero de 2014

"El baile", Irène Némirovsky (1930)

Si no fuera por la tremenda historia que está detrás de la escritora, y de sus escritos, podríamos reseñar el libro sin más.  Pero es obligatorio recordar que esta brillante mujer, criada en Francia y de origen ucraniano, hubiera dado enormes páginas a la literatura mundial, de no haber sido asesinada en Auschwitz cuando no llegaba a los 40 años. Y aún así, pues muchas de sus obras fueron descubiertas, publicadas y premiadas más allá del año 2000. Pero eso tocará cuando lea Suite Francesa.


El baile es una novela breve, o un relato largo. Lo que los franceses llaman una nouvelle . Su argumento gira en torno a  la primera fiesta que dan los Kampf, una familia de nuevos ricos con ansias de ser reconocidos y aceptados por la sociedad parisina. Asi que la obra va, sobre todo, del cinismo y la falsedad de las relaciones sociales; algo que en el fondo no ha cambiado mucho...  

Las relaciones líquidas, como las llamó alguien. Amistades sin vínculos reales, que son en el fondo de una fragilidad extrema. Tan frágiles que basta que Antoinette, la hija de los Kampf, sea excluida de la fiesta para se de desate el pandemónium... Sí, porque también va de la inocencia perversa.

Lo bueno si breve...Ni le falta ni le sobra nada, y a mí me recuerda algunos relatos de Zweig, que no es poco.

Fantástica para leerla del tirón.

jueves, 9 de enero de 2014

"El cuaderno rojo", Paul Auster (1993-1994)

Un prólogo exageradamente largo de Justo Navarro (un buen texto, sí, pero largo de cojones), introduce los relatos que Auster escribió -obviamente- en un cuaderno rojo.

En el cuaderno  Paul Auster recoge, como no podía ser de otro modo, breves relatos -unos supuestamente autobiográficos y otros supuestamente contados por amigos y conocidos- con un nexo común. Si han leído un par de veces a Auster ya sabrán cuál es: el azar. La casualidad y su inmenso poder, que hace que de niño vea caer fulminado por un rayo al compañero que iba delante. ¿Por qué no yo?

La casualidad, la suerte, las oportunidades, las coincidencias. Sobre eso escribe Paul Auster, aquí y siempre. Algo que puede parecer banal , pero que invita a reflexionar sobre la fragilidad de la vida, porque perder un autobús y coger el siguiente es normalmente intrascendente, pero no siempre. No si allí viajaba el que iba a ser el amor de tu vida. O si luego ves las noticias y ese autobús en el que tendrías que haber ido, se despeña por un barranco.

Narraciones muy breves, apenas un ejercicio, un entrenamiento literario para cosas mejores que nos iba a proporcionar más adelante. Ideal para leer en el autobús.
 En el que les toque coger, hay que dejar que el destino haga su trabajo.