viernes, 17 de enero de 2014

"Memoria de mis putas tristes", Gabriel García Márquez (2004)

El año de mis noventa años quise regalarme una noche de amor con una adolescente virgen.

Con un tema que en los tiempos que corren rozaría la pederastia,sólo alguien tan dotado podría haber hecho magia de una historia tan poco creíble como todas y tan tierna como para querer creerla. Realismo mágico, le dicen.

Márquez da un repaso a una vida intrascendente contada con una  amargura que nos identifica con el personaje en su progresivo enamoramiento de Delgadina. Un freudiano diría que ella representa la vida que empieza vista desde el hombre que se acaba. Pero García Márquez afortunadamente no es un freudiano, es un poeta. Un poeta que hace prosa pero un poeta al fin y al cabo. Así que la niña es un pretexto, casi un objeto más en la escenografía que dispone Rosa Cabarcas , la alcahueta de cabecera de nuestro protagonista y la otra protagonista real de la novela.

Nuestro hombre: un don nadie venido a menos, feo,  mal periodista y consagrado putero (Nunca he ido a la cama con una mujer que no pagó ...). Y con esos mimbres tan tremendos, García Márquez es capaz de hacer una historia llena de melancolía, pero también de amor y de esperanza.

Lo decía Nabokov, en ruso hay una palabra para definirlo: shamanstvo, el don del encantador


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