sábado, 25 de diciembre de 2010

"Algo que brilla como el mar". Hiromi Kawakami (2009)

Es difícil superarse después de "El cielo es azul, la tierra blanca", supongo. Una primera obra tan buena traza una línea de la que es fácil bajar, pero probablemente muy difícil subir e incluso sólo sostenerse.

Midori Edo es un adolescente poco al uso: vive con su madre soltera Aiko y su abuela Masako, y periódicamente soporta las visitas de Otori, su padre biológico. Su novia Mizue le reprocha su lejanía y su mejor amigo, Hamada, sueña con vestirse de mujer para sentirse acuchillado por todas las miradas.

Con semejantes mimbres la autora construye un relato sobre la búsqueda adolescente, la identidad y no sé cuántas cosas más. Pero no es fácil hacer un cesto con materiales tan sensibles, y tal vez se pierda la oportunidad de utilizar los personajes para construir un mundo un poco más mágico, al modo en que Murakami crea su realismo imposible con total naturalidad. En el fondo es eso lo que he echado de menos: una historia que podría ser potente y se queda en retazos poco hilvanados, lo que pudo ser y no fue. Tierra de nadie.

Y con todo no está mal , porque la chica tiene indudable talento.


viernes, 24 de diciembre de 2010

"Los hermosos años del castigo", Fleur Jaeggy (1989)

Un Oceano di Silenzio scorre lento
senza centro né principio
cosa avrei visto del mondo
senza questa luce che illumina
i miei pensieri neri.
(Der Schmerz, der Stillstand des Lebens
Lassen die Zeit zu lang erscheinen)

Todos los que hayan oído la canción que comienza con  esos párrafos, la maravillosa Oceano di silenzio del maestro siciliano Franco Battiato, pueden tener una idea más o menos clara de si les va a gustar este libro de Fleur Jaeggy. 

Porque aunque me haya enterado hace no tanto de que Jaeggy tenía obra publicada, su nombre me sonaba hace más de quince años como autora de la letra de ese maravilloso himno a la calma que es el Oceano de Silencio, que musica de manera impresionante como casi siempre Franco Battiato.

La impresionante calma fría y belleza de esa canción es lo que de modo magistral recoge un título no menos bello: "Los hermosos años del castigo": Los recuerdos que la narradora cuenta desde la madurez de su estancia en el Bausler Institut en Appenzell, en el cantón suizo junto al lago Constanza, contados con una prosa acerada, intensa, de frases cortas y punzantes, casi agresiva porque llega directamente a tocar carne.  

Hay gente que lo resume mejor que yo: "Una prosa extraordinaria. Duración de la lectura: cerca de cuatro horas. Duración del recuerdo y de la autora: el resto de la vida" (Josif Brodskij, premio Nobel de  literatura 1987).

Y si todavía no les vale les pongo el comienzo. Allá ustedes:

A los catorce años yo era alumna de un internado de Appenzell. El lugar por el Robert Walser había dado muchos paseos cuando estaba en el manicomio, en Herisau, no lejos de nuestro instituto. Murió en la nieve. Hay fotografías que muestran sus huellas y la posición del cuerpo en la nieve. Nosotras no conocíamos al escritor. Ni siquiera nuestra profesora de literatura lo conocía. A veces pienso que es hermoso morir así, después de un paseo, dejarse caer en un sepulcro natural, en la nieve de Appenzell, al cabo de casi treinta años de manicomio en Herisau.

lunes, 20 de diciembre de 2010

"Mendel el de los libros", Stefan Zweig (1929)

Menos de una hora, poco más de cincuenta páginas con letra grande, con la cuidada -y cara- edición de Acantilado. Pero una delicia extrema, un pequeño sorbo de buena literatura, de las mágicas historias del Zweig que nunca falla: cuántos párrafos hermosos, en una historia tan corta como intensa. Qué manera de definir la abstracción del mundo que siente el lector, la inmensa y absurda felicidad del saber, el sinsentido del mundo real frente al que es capaz de vivir en el duermevela que produce la lectura.

Esas páginas dan para mucho: para criticar la guerra, para renegar de las fronteras de la burocracia frente al saber que no conoce fronteras. Para convertir a un café en un personaje trascendental de la historia. Sé que no les he contado nada pero no les cuento más, léanlo:

Bienvenidos amigos al café Gluck de Viena, donde en un tiempo pudieron encontrar, sentado en una mesa cada día a Jackob Mendel,  librero de viejo.

jueves, 9 de diciembre de 2010

"La señora Dalloway", Virginia Woolf (1925)

La señora Dalloway relata la vida en un día de junio de los años veinte de Clarissa Dalloway. Con cincuenta y dos años y centradas sus preocupaciones en la organización de  una fiesta para ese día, Virginia Woolf construye como si fuese una grabadora las impresiones, visuales y mentales que en ese día transitan por la cabeza de Clarissa.

No pongo en duda el valor literario del libro: el manejo del lenguaje, las descripciones del entorno, la gente y hasta del estado de ánimo de la protagonista son precisas y a menudo muy bellas. Pero -es el sino de los tiempos modernos, sin duda- el transcurso del día de la doña se me ha hecho muy largo. Vamos, que como no pasa nada me aburro: que te puede gustar la miel, pero comer un tarro acaba siendo empalagoso. Y que me ha costado un esfuerzo acabar el librito.

Creo que me estoy haciendo mayor, pues desafío con este comentario a mi apreciado Vargas  Llosa en el año de su merecido Nobel. Un Mario que se deshacía en elogios de la Woolf en La verdad de las mentiras. Sin duda me estoy embruteciendo.

Supongo que hay un momento para cada libro. Uno de los mejores consejos literarios que he leído se refería al Ulises de Joyce: decía que la única manera de poder leerlo era arrebujado en un sillón de orejas,   aislado del mundo y con una botella de whisky al lado en la que ya faltaba contenido. Como no tengo sillón, ni tiempo y además no me gusta el whisky, tal vez tenga que esperar otro momento para disfrutar con ellos.