miércoles, 25 de agosto de 2010

"Indigno de ser humano", Osamu Dazai (1948)

Algunas veces, desafortunadamente pocas, uno tiene la suerte de cara en esa lotería de comprarse un libro a la buena de Dios, sin recomendación alguna y topándose con él en la mesa de novedades de una librería.

Ayuda sin duda a que el resultado sea bueno esta hornada de nuevas editoriales pequeñas (Sajalín es ésta, pero también me valen Impedimenta, Funambulista y hasta al consagrada Acantilado) que tienen a bien llevar la condición de editores con decencia, y traer al castellano obras injustamente olvidadas.

Benditos sean, porque me gusta mucho la literatura japonesa, pero como soy lector inconstante y nada académico lo mismo me leo los desbarres de Ryu Murakami que me olvido de Kawabata. Así que desconocía la existencia de este hombre, a pesar de que al parecer esta obra es de culto en Japón.

El hombre es Osamu Dazai y también tiene una vida para contar, pero lo dejamos para otro día. Les digo sólo que acabó como tantos de allá, un joven suicida.

Tal vez esa vida atormentada fué el germen de estos cuadernos que forman "indigno de ser humano": la ruta de la autodestrucción  progresiva narrada desde dentro y con una fuerza literaria perturbadora: sin estridencias y describiendo, con esa oriental calma, su rumbo al abismo.

En sus poco más de cien páginas hay mucha literatura con mayúscula. No es muy frecuente que incluya textos en los comentarios (además este no especialmente significativo del contenido), pero no quería que lo perdiesen cosas como esta:


A la orilla del mar, tan cerca que podría parecer que allí mismo rompían las olas, crecía una hilera de más de veinte enormes cerezos silvestres de tono negruzco. Cada abril, cuando comenzaba el curso, los cerezos abrían sus espléndidas flores, junto con las hojas nuevas de color verde pardo y apariencia húmeda, que se recortaban contra el azul del mar. Después caían los pétalos como una tormenta de nieve, se esparcían sobre el agua, se quedaban flotando como pálidas incrustaciones de nácar y volvían a la arena...

martes, 24 de agosto de 2010

"La pulga de acero", Nikolai Leskov (1881)

Además de tener la oportunidad de poseer un bonito libro, en una edición impecable de la editorial Impedimenta, posiblemente lo mejor de esta obra es descubrir a un autor como Leskov, perjudicado sin duda por el pecado de ser coetáneo de Dostoyevski y Tolstói.

La pulga de acero narra, en una forma literaria de cuento breve, una sencilla historia en la que el Zar  Alejandro recibe como regalo en un visita a Inglaterra, una minúscula pulga de acero, que al ser accionado su mecanismo con una más minúscula llave, ejecuta una danse. Queda el soberano fascinado  por el regalo y la inventiva inglesa... Pero una vez vueltos a Rusia, el cosaco Platov, que había acompañado al anglófilo zar, entrega la pulga a los artesanos de la ciudad de Tula, pues considera que cualquier invento puede ser mejorado por los  rusos. 

La historia de la reelaboración rusa de la pulga, el consiguiente viaje de nuevo a Inglaterra de Platov y su defensa de la insuperable calidad de todo lo ruso es una delicia, construida con un humor caústico que parece ridiculizar por igual a unos y otros.

De todos modos, y como decía al principio, lo que me ha gustado más es la oportunidad de saber de la existencia de este Nikolai Leskov , a lo que parece autor de vida turbulenta y obra lamentablemente poco conocida. A ver si así voy saldando deudas con la literatura rusa, que últimamente los tengo muy olvidados...

miércoles, 18 de agosto de 2010

"La visita del arzobispo", Adam Bódor (1992)

No sabría exactamente decir en qué se parecen entre sí, ni en qué se distinguen de otras, pero me está pasando que con algunos autores del este de Europa, -al margen de darme cuenta de las grandes cosas que uno se está probablemente perdiendo- encuentro una manera de contar que me resulta extraña, sorprendente a veces, definitivamente rara, pero que -sin acabar de agradarme al principio- siempre consigue mantener el interés a lo largo del libro y hace que su recuerdo permanezca mucho tiempo. Algo así como cuando uno se inicia en las bondades del vino tinto para el cuerpo y el espíritu.

Lo digo, aunque no se parecen, porque ha coincidido la lectura de este pequeño libro con la que tengo a medias de las Aventuras del buen soldado Svejk, del checho Hasek y la manera de escribir me parece igual de brusca y chocante a pesar de los distintos países y épocas de los libros.

Adam Bódor es un autor húngaro, aunque nacido en la Transilvania rumana. Una circunstancia que no debe de ser ajena a su obra, porque por aquellos lares hay una de cristos no resueltos con las minorías que dejan en ná los follones patrios. Pero dejo la historia para que me la explique mi amigo JM, para eso me ha regalado el libro. Lo que yo les quiero decir es que la historia es como una cata, un corte al medio de una sociedad miserable, donde las personas no importan y estamos todo el rato esperando lo único importante del único que importa: la visita del arzobispo, culmen del poder absoluto, que en este caso es la Iglesia, pero que podría ser cualquier otro.
Pues eso, como el buen vino tinto: un poco áspero al principio, pero lleno de matices, de simbolismos y de mensajes que van mucho más allá de lo que dice el mero texto. Un autor a seguir.


martes, 17 de agosto de 2010

"Bilbao- New York-Bilbao", Kirmen Uribe (2008)

 Hace unos meses leía Un tranvía en Sp, un libro escrito originalmente en euskera y que fué (merecidamente) premiado en 2001 con el Premio Nacional de narrativa. Una novela maravillosa y distinta que daba paso a un mundo diferente.

Tal vez guiado por esos precedentes me compré este Bilbao-New York-Bilbao, también original en vasco e igualmente premiada con el Nacional de narrativa sin haber sido traducida al castellano.

Kirmen Uribe empezó, o sigue siendo, digo yo, básicamente poeta (lo dice la contratapa, que yo en euskera leo poco) , y seguramente lo de más valor en el libro es ser capaz de construir una historia hilvanada en torno a un viaje de Bilbao a New York en avión, agrupando los más heterogéneos recuerdos familiares (reales o inventados, quien lo sabe), cartas, correos electrónicos, historias varias . Relato armado en torno al pintor Aurelio Arteta y su mecenas, y sobre todo en torno a la vida de los hombres del mar. Algo que reconozco me seduce , pues de un pueblo marinero soy, y por ello agradezco ese toque de poesía y una cierta mitificación que haga parecer tan bella la casi siempre jodida vida de los marineros. Ah, los poetas...

Un  poco excesivo para ser Premio Nacional de Narrativa, pero un bonito libro,  bien escrito.