domingo, 27 de septiembre de 2009

"El cielo es azul, la tierra blanca", Hiromi Kawakami (2001)


Si este libro pudiera olerse, olería a sake. Al sake que, botella tras botella Tsukiko y su viejo maestro de japonés vacían en la taberna de Satoru. Allí acuden, sin cita, y se encuentran o no, para compartir su soledad con el alcohol y la comida. Huele a tofu y huele a soledad.

Poco a poco, una Tsukiko que va a entrar en la cuarentena y el maestro, treinta años mayor y de cuyo nombre no se acuerda, van estableciendo una relación de compañía y dependencia mutua, hecha de ver pasar el tiempo y compartir el taburete de al lado en la taberna. Una historia de amor poco convencional, que progresa con paciencia japonesa y que está contada con la sencillez de un haiku.

No es quizás una novela para los veloces tiempos de hoy: el progreso pausado de la historia, la omnipresencia de la comida y el sake como elementos fundamentales en la narración, el poder del paisaje y del silencio.

Nada occidental (lo que en este caso es un elogio) , con la belleza serena de lo esencial que por aquellos lares se maneja tan extraordinariamente. Una bonita manera de contar sentimientos profundos con párrafos sencillos. Muy zen. Muy japonés. Muy hermoso.

domingo, 13 de septiembre de 2009

"La esposa deseada", Naguib Mahfuz (1981)


Si de algo sirve el premio Nobel es para dar a conocer a autores que, de otro modo hubieran pasado desapercibidos. De no ser por estas ediciones baratas que salen -como los hongos- en otoño, nunca hubiese conocido a Naguib Mahfuz.

Con él me pasa como tantas veces: cuando leí El callejón de los milagros no tenía blog, creo que ni siquiera tenía internet, así que aprovecho este comentario para decirles que es un libro absolutamente maravilloso, un pequeño tesoro que describe con impagable dulzura y realismo el pequeño y gran cosmos que vive en el estrecho callejón de Midaq.

Me crié en un pequeño pueblo, así que fue en su momento un descubrimiento fascinante ver muchos de mis recuerdos de infancia trasladados miles de kilómetros, en medio de Egipto. Debe ser que, a pesar del empeño de algunos, no hay tanta distancia entre los seres humanos.

No me pasó sólo a mí. Mi mujer quedó igualmente maravillada de ver en El Cairo que describe Mahfuz muchos de los recuerdos y los personajes de su niñez, así que se convirtió en admiradora irredenta de su obra, y se leyó de un tirón su Trilogía de El Cairo (Entre dos palacios, El palacio del deseo y La azucarera) que, ahora que he vuelto a este autor, no puedo dejar pasar.

Será entonces el momento de hablar también de Naguib Mahfuz, un merecido Nobel, por la calidad de su escritura y por su compromiso en pro de la libertad y la tolerancia que casi le cuesta la vida.

La esposa deseada (me olvidaba), es más de lo mismo: un cuento maravillosamente escrito, aún sin llegar al nivel de El callejón, que nos cuenta la historia de Izzat, un niño hijo de madre rica y que verá toda su vida marcada por una manifesta incapacidad para tomar decisiones, yendo a dónde lo lleva la corriente. Una reflexión sobre la abulia de los que lo tienen fácil, en medio de un entorno -el barrio- omnipresente en toda la obra.

sábado, 5 de septiembre de 2009

"La túnica negra", Wilkie Collins (1881)


Conocí la obra de Wilkie Collins hace unos años, cuando nos regalaron "La mujer de blanco", un libro que se autodefinía como el origen del género de misterio, y que -milagrosamente- hacía honor a las maravillas que prometía la portada: una novela fantástica, en que la misma historia es narrada por tres personajes diferentes y que es capaz de mantener la tensión hasta el final como muy pocos autores han sido capaces.

Sé que este no es el libro que toca, pero con él me hice fan de Collins y por eso me compré La túnica negra. Además, para un amante de la literatura , es un placer recomendar un libro del siglo XIX, por el que han pasado más de 125 años, y hacerlo porque mantiene una calidad y una capacidad de enganchar al lector bastante mayor que la saga de Millenium.

Afortunado me siento porque La túnica negra es más de lo mismo. Visto es que Collins, que fue contemporáneo, amigo de Dickens y un escritor muy popular en su tiempo, tenía un don para la creación de historias de misterio, para mantener la tensión en le lector, para hacer giros imprevisibles en el guión y hasta para que los personajes no tengan los papeles tan claros como en las novelas al uso.

Porque así es Wilkie Collins: una historia en que un jesuita, el padre Benwell trata de interponerse entre el amor de la joven Stella y el torturado Romayne, con el fin -no tanto pero también- de convertir a Romayne al catolismo pero sobre todo de hacerse con la herencia en beneficio de la Iglesia. Todo parece una historia clásica, pero no lo es, y sin duda en la galería de personajes que desfilan, todos tienen su papel para hacernos dudar de quién es el bueno y quién es el malo.

En suma, un libro estupendo, que aunque sin llegar a la altura de la fantástica La mujer de blanco, se lee con sorpresa y atención creciente hasta su verdaderamente inesesperado final.