No creo yo que hoy en día el premio Planeta sea una razón para leer un libro, y menos para comprarlo. Por eso tal vez deba exponer las razones para recomendarlo, a pesar de haber ¿ganado? el Planeta. Valga, no obstante que tiene parcialmente perdonado dicho pecado al haber obtenido ese mismo año el Premio Nacional de Narrativa, un poquito más prestigioso en sus obras y en sus autores (es que sólo da 15.000 euros).
No soy un experto en Millás, éste es el segundo libro que leo, después de Tonto, muerto, bastardo e invisible. Así que me tiene desconcertado. Ni siquiera creo que El mundo sea una novela. Estaría mejor considerada como una biografía parcial. Una original biografía a retazos de una infancia donde tal vez no haya fronteras entre dónde acaba lo real y comienza lo inventado. Porque tal vez todo fuese creación, pero tal vez todo fuese verdad.
Literatura asimétrica. No tiene nudo, ni desenlace. Todo el libro nos movemos en la cabeza de Millás, en los pensamientos de Millás. Somos Juan José Millás y recordamos lo que hemos vivido en nuestra infancia. No salimos de ahí,no vamos a ninguna parte. Ajustamos algunas cuentas pendientes con el pasado, sea con el del autor real, sea con el del protagonista.
Lo original de esa construcción es para mí el aspecto más valorable del libro. En su interior, luces y sombras. Millás es -sin duda- un hábil contador de historias, que se lee sin parar una vez que has comenzado. Tiene un innegable lado gamberro, y con él ejerce a lo largo de estas páginas, para eso son suyas y de su pasado. Así pasamos de momentos costumbristas a otros cuasisinceros, pero también caemos en episodios que -eso si- son para partirse de risa pero quizá no acaban de encajar bien en el repaso. Me ha recordado mucho lo que le pasa a Eduardo Mendoza, capaz de escribir grandes libros y de sacarse unos duros con Pomponio Flato.
A pesar de todo, es un buen libro. Algunos de los episodios de su infancia están espléndidamente narrados, en especial las historias de su calle y del barrio de los muertos; del Vitaminas, poseedor de una bicicleta que no iba a ninguna parte y de un padre que era agente de la Interpol. La historia de María José en el hotel de la calle 42. Y las permanentes alusiones a sus padres, llenas de intensa ironía pero tambien de afecto y de un cierto poso de culpa.
No soy un experto en Millás, éste es el segundo libro que leo, después de Tonto, muerto, bastardo e invisible. Así que me tiene desconcertado. Ni siquiera creo que El mundo sea una novela. Estaría mejor considerada como una biografía parcial. Una original biografía a retazos de una infancia donde tal vez no haya fronteras entre dónde acaba lo real y comienza lo inventado. Porque tal vez todo fuese creación, pero tal vez todo fuese verdad.
Literatura asimétrica. No tiene nudo, ni desenlace. Todo el libro nos movemos en la cabeza de Millás, en los pensamientos de Millás. Somos Juan José Millás y recordamos lo que hemos vivido en nuestra infancia. No salimos de ahí,no vamos a ninguna parte. Ajustamos algunas cuentas pendientes con el pasado, sea con el del autor real, sea con el del protagonista.
Lo original de esa construcción es para mí el aspecto más valorable del libro. En su interior, luces y sombras. Millás es -sin duda- un hábil contador de historias, que se lee sin parar una vez que has comenzado. Tiene un innegable lado gamberro, y con él ejerce a lo largo de estas páginas, para eso son suyas y de su pasado. Así pasamos de momentos costumbristas a otros cuasisinceros, pero también caemos en episodios que -eso si- son para partirse de risa pero quizá no acaban de encajar bien en el repaso. Me ha recordado mucho lo que le pasa a Eduardo Mendoza, capaz de escribir grandes libros y de sacarse unos duros con Pomponio Flato.
A pesar de todo, es un buen libro. Algunos de los episodios de su infancia están espléndidamente narrados, en especial las historias de su calle y del barrio de los muertos; del Vitaminas, poseedor de una bicicleta que no iba a ninguna parte y de un padre que era agente de la Interpol. La historia de María José en el hotel de la calle 42. Y las permanentes alusiones a sus padres, llenas de intensa ironía pero tambien de afecto y de un cierto poso de culpa.


