sábado, 30 de agosto de 2008

"Serpientes y piercings", Hitomi Kanehara (2004)

Era poco probable que hubiera leído este libro si no fuese japonés, y si no tuviese el aval de haber ganado el premio Akutagawa. La historia de una joven atrapada entre la pasión por un joven tatuado y con lengua bífida, Ama , y Shiba, un tatuador con tendencias sádicas, no parecía a priori entrar dentro de mis temas favoritos.

Por eso todavía no me explico muy bien el porqué me he leído este libro de un tirón, incluso a pesar de lo incómodo del tema, o del ligero desagrado que inspiran algunas de las imágenes que provoca. Como no puedo explicarlo, deduzco que estamos ante un buen libro.

La historia de Lui, la joven atraída por el dolor y los tatuajes: una historia envuelta en cerveza y brutalidad, totalmente desesperanzada y sin futuro. Un relato fascinante que da la impresión que encaja mejor que en ningún otro sitio en la sociedad japonesa, la de los contrastes entre las geishas por la calle y la juventud alucinada que ya leíamos en el Azul casi transparente de Ryu Murakami.

Nunca lo hubiese dicho a priori, pero una gran novela, aun con sus escasas cien páginas.


jueves, 21 de agosto de 2008

"Memorial del convento", José Saramago (1982)


Ya he dicho alguna vez que admiro a José Saramago y que me parece el prototipo de ibérico perfecto (después del jamón, claro), con esa saudade que me suena a conocida, su amor por las personas , su vinculación estrecha con España y su muy ibérica relación amor-odio con su país natal. Me parece admirable su dignidad personal, que la edad engrandece y no mengua y su implicación con todas las causas que considera justas.

Viene esto a cuento porque a veces el personaje supera al escritor, y reconozco que cuando leo uno de sus libros estoy totalmente predispuesto a que me guste, así que raramente puedo ser objetivo con la calidad del texto. Con Saramago -con el escritor y con la obra- no hay medias tintas, o te gusta o no eres capaz de leerlo. Yo soy de los primeros.

Así que durante las primeras páginas de este Memorial del Convento tuve verdaderamente que convencerme que era Saramago y que me iba a acabar el libro: su personal estilo, pero más denso que nunca, con ausencia total de diálogos, largas descripciones y riqueza de lenguaje casi al modo del Quijote no parecían predisponer a lo que se supone debe suponer una lectura en el verano.

Y la verdad es que la paciencia merece la pena, en cuanto nos prendamos de la mágica historia de Blimunda, la mujer que puede ver dentro de las personas cuando está en ayunas; su soldado Baltasar, manco de la guerra, por Sietesoles conocido y el padre Bartolomé Lourenzo de Gusmao, que en la realidad consiguió elevar un aerostato de papel y en la novela tal vez haga volar su passarola con ellos a bordo.

Sobre la base de estos tres personajes, y con el trasfondo de la construcción del imponente convento-palacio de Mafra que el rey D. Juan V. ofreció a los franciscanos si su esposa le daba un descendiente, Saramago construye un relato en el que encontramos buena parte de los temas que le acompañan a lo largo de toda su obra: los abusos del poder de los poderosos, las miserias y los goces de la gente humilde, el omnipresente poder de la Iglesia y los miedos que provoca y, sobre todo y por encima de todo, una bellísima historia de un amor sin palabras de amor.

Tienes la barba blanca, Baltasar, tienes la frente cargada de arrugas, Baltasar, tienes el cuello como cuero seco, Baltasar, se te caen ya los hombros, Baltasar, no pareces el mismo, Baltasar, pero esto es defecto de los oojos que usamos, por ahi viene una mujer, y donde nosotros veiamos un hombre viejo, ve ella un hombre joven, un soldado a quien preguntó un día, Cuál es su gracia, o ni ve siquiera a ése, sólo a este hombre que baja, sucio, canoso y manco. Sietesoles de apodo, si lo merece tanto cansancio, pero es un constante sol para esta mujer, no porque siempre brille, sino por existir, escondido de nubes, tapado de eclipses, pero vivo...

martes, 5 de agosto de 2008

"Bajo los vientos de Neptuno", Fred Vargas (2004)


Fred Vargas se llama en realidad Frédérique Audoin y durante más de veinte años trabajó como investigadora, estudiando cosas tan apasionantes como la pulga que transmitía la peste en la Edad Media o el tamaño de los bueyes en la civilización romana. Comenzó escribiendo para distraerse, y así la descubrí hace unos meses en Babelia, la separata de libros del periódico El País. Allí decía que ella no hace novela negra, sino novela de enigmas, al más puro estilo Agatha Christie. Y reconocía también que al principio no compraba nadie sus libros, aunque de los últimos ha vendido más de 400.000 ejemplares en Francia y tiene lectores en todo el mundo.

Pero, siendo el mundo tan grande y mi cabeza tan pequeña, nunca había leído a Fred Vargas, y aunque buscaba su último libro "La Tercera virgen", lo que conseguí encontrar resultó este "Bajo los vientos de Neptuno". En él, su protagonista, el comisario Adamsberg intentará encontrar, entre las calles de París y los hielos de Quebec, al Tridente, un asesino al que persigue desde el comienzo de su carrera y con el que tiene una personal cuenta pendiente.

Es ciertamente, un modelo distinto de la novela negra ahora más frecuente, con mucha menos preocupación por el entorno, los rollos sociales o la coyuntura política. Hay un asesino, y por tanto unos muertos, y punto. Bueno, y punto no, porque el proceso de investigación se produce atando un cabo tras otro y juntando cosas que no parecen ligadas. O sea, que sí que se aproxima más al estilo de Hercules Poirot, pero no por ello me parece una novela menos meritoria: es totalmente adictiva, se lee con facilidad, está bien escrita y con abundantes rasgos de humor, (aunque con la traducción seguro que nos perdemos parte del juego con el francés que hablan en Quebec). Todo eso hace que, aunque el grado de improbabilidad de que los hechos se encadenen como la autora lo cuenta es alto, nos lo creamos todo y sigamos leyendo como obsesos para saber si - al final- cae el asesino.

Pero eso no se lo cuento.