miércoles, 21 de mayo de 2008

"Cometas en el cielo", Khaled Hosseini (2003)


Si conservamos la mala costumbre de ver las noticias de cada día, seguramente hoy comeremos o cenaremos viendo impasibles como habrá estallado otra bomba en Bagdad o en Kabul, matando a nosecuantas personas. Seguramente también, habremos ya perdido la capacidad de entristernos de la maldad y la estupidez humana, y prestaremos mayor atención a la moda del próximo otoño, el penúltimo alcalde chorizo o el nuevo fichaje del Real Madrid.


Vivimos en un mundo al revés, y por eso es importante leer esta novela. Porque nos enseña que, detrás de esas personas que vemos cada día vestidas con ropas para nosotros extrañas, detrás de esas imágenes que intencionadamente nos muestran hordas enloquecidas pegando tiros al aire, o detrás de las mujeres con la cabeza cubierta, hay personas. Mujeres. Hombres. Niños y niñas como los nuestros. Con los mismos miedos, los mismos sueños, los mismos deseos, la misma alegría, las mismas ganas de vivir dignamente y ser feliz. Ya sé que todos lo sabemos, pero como cada día renovamos el olvido, es bueno que un libro sirva de vez en cuando para recordar que todos los seres humanos somos iguales.

Es hermoso descubrir lo importante que podía ser una cometa en Afganistán. Porque el libro es un homenaje a un volador de cometas, Hassan, un niño de la etnia hazara que corría a recoger las cometas cuyos cables conseguía cortar su amigo Amir, un pastún al que sirve su familia. Una historia de lealtad y de afecto. Y también de traición y de perdón. Amir cuenta la historia de ese "kite runner" (traducido en el libro como volador de cometas) , título inglés del libro que algún iluminado de la editorial convirtió en el originalísimo "Cometas en el cielo".

El único "pero" es que estamos ante un caso más de "escribo pero no paro cuando debo": la primera parte del libro (más o menos hacia la mitad), es auténtica y emocionante casi hasta las lágrimas. Coincide con la infancia vivida por el autor en Afganistán, y ya sólo por eso merece la lectura . Pero, desde la huída de Afganistán de los protagonistas, y bajo la influencia de lo que podríamos llamar efecto bestseller, el libro se va hundiendo lenta e irremediablemente en una especie de guión cinematográfico poco creíble. Con lo bien que habíamos empezado...

Pero aunque sea sólo la mitad, por favor, lean este libro.

viernes, 16 de mayo de 2008

"Ilona llega con la lluvia", Álvaro Mutis (1988)


Algo menos de dos horas maravillosas horas separan el comienzo y el final de la lectura de este libro. Maqroll viaja a bordo del Hansa Stern hacia Panamá, punto y final -otra vez- del viaje del barco, que acabará embargado por las deudas del capitán.

Comienza así para el Gaviero una nueva aventura, pero esta vez en tierra firme, ese lugar que "acaba provocándome un fastidio abrumador". Su reencuentro con Ilona Grabowska,antigua amiga y amante, viajera como él y como él amiga de Abdul Bashur, acaba con nuestro Maqroll en la impensable tarea de codirigir una curiosa casa de citas en Panamá, en que las chicas se hacen pasar por azafatas de aerolínea. Sus aventuras y más bien desventuras llenan este episodio hasta que otra mujer, Larissa, se cruza en el camino de ambos.

Hace no me acuerdo cuánto, ni dónde, ni de quién, anoté una frase que me quedó grabada: "en la vida, amigo, no se va a ninguna parte, se camina, nomás". Y esa parece ser la filosofía de vida de nuestro protagonista, porque si hay algo común a todas las novelas de Maqroll es ese tumbo incesante por los puntos más dispares del planeta, casi nunca buscando, casi siempre limitándose a vivir.

Y hay algo que se repite en todas sus historias, y que más allá del bellísimo lenguaje de Mutis seduce hasta emocionar: aunque como espíritu libre, no puede atarse definitivamente a nadie ni quedarse en el mismo lugar, siempre tiene como puntos de referencia sus escasos pero buenos amigos, aunque estén en el otro extremo del Globo. En suma, una historia de amor y de amistad. Una reflexión sobre la confianza y el valor de la lealtad por encima de todo, tan pasada de moda en esta sociedad urbana occidental en que la verdadera amistad parece a menudo cosa de otros tiempos.

No quiero ponerme filosófico. Pero es Álvaro Mutis y es Maqroll el Gaviero. ¿Les he dicho que me gusta?

lunes, 12 de mayo de 2008

"Sputnik, mi amor", Haruki Murakami (1999)


Aunque durante mucho tiempo costaba encontrarla más que las trufas, desde hace unos años una especie de tsunami está trayendo olas y olas de literatura japonesa, así que aunque sea en el orden inverso a su creación, podemos acceder a la práctica totalidad de la obra de Murakami...

Tanta producción tiene como consecuencia que, paralelamente el asunto Murakami haya pasado también a ser objeto de atención por los críticos de la prensa. Críticos que, en no pocos casos ponen sus obras de vuelta y media. Opiniones encontradas que últimamente veo también cada vez más en los blogs, que van de la sumisión absoluta al efecto de sus novelas hasta el rechazo a lo que consideran temáticas banales, lugares comunes, bestsellers de culto.

En la valoración de una obra literaria desde luego es lícita cualquier opinión, pues las opiniones responden a lo que se busca y a lo que se encuentra. Supongo que responden también a la propia forma de ver la vida. Hay quienes parece que buscan permanentemente Guerra y Paz y quienes alcanzan el éxtasis con Paulo Coelho. Aunque yo prefiera un poquito más a Tolstoi, todo es relativo (especialmente relativo cuando hablamos de Murakami)

Con tanta disgresión me estoy apartando del objeto de este comentario, que es este Sputnik de Haruki Murakami. Al final la disgresión era para contarles que yo, que soy a veces simple como una ameba, sólo puedo decirles que he pasado buenos momentos leyendo este libro. Que el argumento puede que sea plano -a chico narrador le gusta chica rara, lectora ávida y novelista en ciernes- Sumire-. Chica quiere mucho a chico pero como amigo. Chica se enamora hasta las cachas de mujer madura atractiva y culta -Myu-. Que algunos de los recursos que utiliza también están vistos: el texto dentro del texto, los viajes, los personajes prototípicos...

Me da igual. Supongo que hay un tipo de lectores a los que Murakami consigue tocarnos la fibra, porque lo importante no es lo que cuenta. Hay algo en su manera de escribir que nos atrapa, como si mostrase retazos de otras cosas no tan reales como la realidad. Somos los que creemos, al contrario de todos los críticos, que Crónica del Pájaro que da cuerda al mundo es mucho mejor que Norwegian Wood (Tokio Blues). Porque probablemente esté peor escrita, pero transmite algo, aunque sólo sean dudas.

Para ellos, que suelen ser los que también devoran y se creen las historias increíbles de Paul Auster sobre el azar sin despeinarse, está Murakami. Y eso es "Sputnik, mi amor". Simplemente Murakami, para el que guste.

Críticos absténganse.

lunes, 5 de mayo de 2008

"Misterios", Knut Hamsun (1892)


Tener en cuenta los premios que ha recibido un autor como aval para dedicar una parte de nuestro tiempo a leerlo no es a veces el mejor camino. Bucear entre las estanterías de una biblioteca pública esperando que algo llame nuestra atención no es a veces el mejor camino. Pero en cualquier caso sí es una manera de encontrar cosas nuevas. A veces sale bien. A veces no.

Knut Hansum es el seudónimo del escritor noruego Knut Pedersen, cuya existencia desconocía hasta que tropecé con él (con su libro, entiéndase) en el estante de "literatura nórdica" de la Biblioteca Pública . Llevado por los consabidos elogios tramposos de la solapa interna (malditos escritores de solapas internas) y porque le habían concedido el Premio Nobel de literatura en 1920, decidí leerlo.

Misterios cuenta la historia de Nagel, un joven de comportamientos extremadamente raros , extravagantes y estrafalarios ( vamos, a día de hoy, un verdadero friki) que llega un buen día a una localidad costera de Noruega, procedente no se se sabe dónde. La novela gira en torno a sus relaciones con la gente del lugar, especialmente con el loco del pueblo, apodado El Minuto; y su amor fou por la bella Dagny Kiegelland. Todo ello aderezado por notorias ensoñaciones de diverso tipo, que alargan la historia y la hacen a veces ciertamente pesada.

Una vez terminado el libro, he podido comprobar tres cosas: Una: Que el tiempo no pasa por las obras maestras, pero sí por esta, que tiene más de cien años. Dos: Que los nórdicos suelen ser fríos hasta literariamente. Y tercero: que al comienzo de los Premios Nobel, el jurado barría bastante para casa. Que de otra manera no me explico lo del premio.