jueves, 21 de agosto de 2008

"Memorial del convento", José Saramago (1982)


Ya he dicho alguna vez que admiro a José Saramago y que me parece el prototipo de ibérico perfecto (después del jamón, claro), con esa saudade que me suena a conocida, su amor por las personas , su vinculación estrecha con España y su muy ibérica relación amor-odio con su país natal. Me parece admirable su dignidad personal, que la edad engrandece y no mengua y su implicación con todas las causas que considera justas.

Viene esto a cuento porque a veces el personaje supera al escritor, y reconozco que cuando leo uno de sus libros estoy totalmente predispuesto a que me guste, así que raramente puedo ser objetivo con la calidad del texto. Con Saramago -con el escritor y con la obra- no hay medias tintas, o te gusta o no eres capaz de leerlo. Yo soy de los primeros.

Así que durante las primeras páginas de este Memorial del Convento tuve verdaderamente que convencerme que era Saramago y que me iba a acabar el libro: su personal estilo, pero más denso que nunca, con ausencia total de diálogos, largas descripciones y riqueza de lenguaje casi al modo del Quijote no parecían predisponer a lo que se supone debe suponer una lectura en el verano.

Y la verdad es que la paciencia merece la pena, en cuanto nos prendamos de la mágica historia de Blimunda, la mujer que puede ver dentro de las personas cuando está en ayunas; su soldado Baltasar, manco de la guerra, por Sietesoles conocido y el padre Bartolomé Lourenzo de Gusmao, que en la realidad consiguió elevar un aerostato de papel y en la novela tal vez haga volar su passarola con ellos a bordo.

Sobre la base de estos tres personajes, y con el trasfondo de la construcción del imponente convento-palacio de Mafra que el rey D. Juan V. ofreció a los franciscanos si su esposa le daba un descendiente, Saramago construye un relato en el que encontramos buena parte de los temas que le acompañan a lo largo de toda su obra: los abusos del poder de los poderosos, las miserias y los goces de la gente humilde, el omnipresente poder de la Iglesia y los miedos que provoca y, sobre todo y por encima de todo, una bellísima historia de un amor sin palabras de amor.

Tienes la barba blanca, Baltasar, tienes la frente cargada de arrugas, Baltasar, tienes el cuello como cuero seco, Baltasar, se te caen ya los hombros, Baltasar, no pareces el mismo, Baltasar, pero esto es defecto de los oojos que usamos, por ahi viene una mujer, y donde nosotros veiamos un hombre viejo, ve ella un hombre joven, un soldado a quien preguntó un día, Cuál es su gracia, o ni ve siquiera a ése, sólo a este hombre que baja, sucio, canoso y manco. Sietesoles de apodo, si lo merece tanto cansancio, pero es un constante sol para esta mujer, no porque siempre brille, sino por existir, escondido de nubes, tapado de eclipses, pero vivo...

4 comentarios:

Gww dijo...

Sarago tiene un estilo muy personal y en ocasiones se aproxima a la letanía absorbente de ciertos poetas. Creo que el párrafo que seleccionas es un perfecto ejemplo.

Un saludo.

Elèna Casero dijo...

Este es uno de los libros que más me ha gustado de Saramago, para mí uno de los mejores, sin duda.

Elena dijo...

Saramago es un escritor fuera de lo común, aunque algunos de sus libros son difíciles de leer, al menos al principio. A mí me encanta, pero leo sus obras muy de tarde en tarde, porque me dejan agotada aunque feliz por haber disfrutado de su estilo propio.

luí dijo...

pues o Memorial también es uno de mis libros preferidos , hasta el punto de llevarme a Mafra, obviamente ni rastro da passarola, pero queda por ahí un cierto encantamiento en esa biblioteca llena de murciélagos.

y es cierto , Saramago como escritor o te apasiona o lo detestas, pero a nadie deja indiferente, yo no creo que la gente pueda leer solo un libro de el, y por supuesto es aun mejor si pueden leerlo en português.