martes, 24 de junio de 2008

"Botchan", Natsume Soseki (1906)


Natsume Soseki (de nombre auténtico Natsume Kinnosuke) es considerado por los propios japoneses uno de sus mejores escritores, autor de la bellísima Kokoro, que es un clásico de las letras niponas especialmente recomendable a los que deseen conocer más sobre litertura japonesa. Soseki es un escritor que representa la llamada"Era Meiji", el puente entre el siglo XIX y el XX, y también la apertura de un Japón tradicional a las corrientes europeas. Un cambio cultural que él mismo ejemplifica, pues era traductor de inglés y vivió algunos años en Londres.

Durante su juventud fue destinado como profesor durante dos años a una escuela de provincias , y probablemente ése es el origen de Botchan, pues en la novela relata con una prosa ágil y sencilla y con un fino sentido del humor las peripecias de un maestro recién titulado en una escuela de la remota isla de Shikoku.

El prólogo y otras opiniones la definen como una obra cómica, y hay hasta quien relaciona al protagonista con el Holden Caudfield de El Guardian entre el Centeno. Para mí , Soseki hace un repaso magistral, aun con forma de obra bufa , de un lado de la hipocresía que preside en general todas las relaciones humanas, pero muy especialmente las que se dan en grupos reducidos: en el heterogéneo conjunto de botarates que forman el claustro de profesores, a los que Botchan denomina durante toda la novela con motes (El Camisaroja, el Puercoespín, el Calabaza...) muchos -sobre todo los que pertenezcan al ámbito educativo- reconocerán a sus compañeros de trabajo.

Pero hay además un rasgo de Botchan que, a pesar de ser irreflexivo y alocado en sus comportamientos, lo hace entrañable para el lector: inseguro, rodeado de hipócritas y de cínicos que se despellejan a conciencia, de alumnos brutos como arados, sigue un patrón de comportamiento tan loable como inútil: trata a toda costa de mantener su código de conciencia, de mantener su propio honor, como un samurai de baratillo.

Un empeño por la decencia, a lo que se ve, igual de lamentablemente absurdo y de adorablemente respetable cien años después de que Soseki lo escribiese.

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